“Por un Gobierno de Unidad Popular.”

Viernes 03 de febrero 2017


También podríamos llamarlo “Gobierno de Solidaridad Nacional”. Para alcanzar la pobreza 0 (como dice el gobierno), erradicar la pobreza y la indigencia (como decimos nosotros desde hace años), para le elevación social de nuestro pueblo (como dijera Juan B. Justo hace más de un siglo) o como se lo quiera mencionar. Un Gobierno que se propusiera  alcanzar tan noble objetivo, actuando con inteligencia, podría lograr que la fuerza moral de la solidaridad, se transforme en la palanca del desarrollo material.
En la capacidad de establecer una nueva etapa virtuosa para nuestro pueblo se centra el desafío de este tiempo histórico. Dejarla pasar es un error imperdonable.

Interrumpir, entonces, la fase de decadencia para avanzar hacia una “Argentina Justa, Solidaria, Próspera y Moderna”, impone consolidar la “unidad de los argentinos”.
 
Una sensación de “perpetuación de la decadencia  argentina” recorre el ánimo de millones de compatriotas, en especial en los sectores populares. La tristeza, la desazón, la desesperanza, ensombrecen la mirada sobre el futuro. Las  palabras de Juan José Castelli –pronunciadas al inicio de nuestra independencia- se vuelven sobre nosotros: “Si ves al futuro, dile que no venga”.
 
Allí están nuestros niños, uno de cada dos hundido en la pobreza. Igual que nuestros adolescentes y jóvenes. Muchos de ellos  sumergidos, aún, más profundamente. Víctimas de una distribución de la riqueza que los traslada a los “quintos infiernos” de la indigencia o al consumo de alcohol o de drogas, que les roba el futuro y les quiebra la voluntad. Cuanto dolor en esta querida Patria.

Sus padres, en casi todos los casos adolescentes o gente muy joven, carecen de respuestas eficaces; porque ellos mismos fueron víctimas de este círculo ruinoso que los atrapa sin perspectiva alguna. Todos los días son un presente continuo. Pueden ser buenos o malos, tranquilos o con disgustos, sanos o enfermos. Pero nunca arrancan en la dirección de movilizar su espíritu, encaminar sus potencialidades, encender sus bríos en aras de un ideal atractivo. Esa flor, que el sol abre todos los días, permanece cerrada en los jardines del alma de los excluidos.

Entonces el problema de la vivienda, la promiscuidad, la incomodidad, la violencia,…el problema sanitario, educativo, barrial,…se instalan como realidades dadas, pétreas, congeladas, inconmensurables. La impotencia para su resolución, potencia otras aptitudes cargadas  de resentimientos, odios y broncas. Conductas reprochables, en muchos casos, pero que no pueden ser desencajadas  del contexto en el que se producen.

Las  capas  satisfechas  de la sociedad cuentan con su artillería defensiva frente a la realidad. La represión, la cárcel, la baja en la edad de imputabilidad…son sus  armas. Y a las que recurren siempre tarde, como respuesta a un hecho consumado. (Comprendiendo al mismo tiempo, en el fondo y más allá de las palabras, que el problema no pasa por allí. Como el 19 de diciembre de 2001, frente a la sequía monetaria, la hambruna popular y los saqueos; la respuesta no podía ser el Estado de Sitio).

Las  clases altas y ricas, también fueron forjando un nuevo sentido común. Desde luego, cargado de lugares comunes, prejuicios e influido por el distanciamiento físico; que los lleva a desconocer el dolor, la frustración, el infortunio de los otros. En el cobijo de los grandes departamentos de altos edificios, en coches de alta gama o en barrios cerrados; se van creando las ideas de defensa de esa forma de vida. Acechada por los otros. (Otros que, por ejemplo, alcanzando en algún caso a veranear en la costa argentina, los obligan a elegir destinos en el exterior para encontrarse con “gente como ellos”. Perdiendo incluso, el sentido patrio de la solidaridad)

La dirigencia política, por otra parte, fue desarrollando una lógica circunscripta a la lucha por el poder. Frente al drama social; se tiende a responder con promesas de difícil cumplimiento, políticas asistenciales y clientelismo político. La buena voluntad y el compromiso de los funcionarios del área no logran cambiar el fondo de la cuestión: “estos sectores sociales son objeto de análisis y acciones políticas; más no sujetos de la historia en capacidad de brindar (para ellos y la sociedad) el enorme potencial del que son capaces”.
 
La  Argentina de estos tiempos puede ser representada en tercios. El tercio superior (en el que se concentra la mayor cuota de poder por razones económicas, educativas, de relaciones internas e internacionales, etc.) mayoritariamente conforme con las estructuras vigentes. (Son conservadores. El cambio, en todo caso, se circunscribe a la cáscara super-estructural de la política, donde unos  actores reemplazan a otros)

El tercio medio que trabaja, se esfuerza y alcanza sus objetivos a un alto costo y está insatisfecho. Y el tercio inferior (hundido) que trabaja y se esfuerza hasta donde puede, no tiene perspectiva de un porvenir mejor.

Si no cambiamos las estructuras, mañana repetiremos lo mismo. Si no asumimos un diagnóstico adecuado y las políticas correspondientes para superar la situación, no saldremos del círculo vicioso de la decadencia nacional.

La herencia no es la del último gobierno o los meses que lleva la actual administración. La herencia es la consecuencia de décadas  en las que, actores con intereses y miradas estrechas (de origen nativo y foráneo, pertenecientes a distintos ámbitos de la vida del país, imbuidos de un egoísmo exacerbado y una indiferencia patológica); fueron diseñando una Nación para pocos. Una arquitectura de país dependiente, periférico, subordinado (sin planificación estratégica ni horizonte colectivo de realizaciones); se fue configurando sin solución de continuidad. Hoy estamos presos de esa arquitectura. Y nos debatimos en conflictos secundarios, sin darnos cuenta de los límites que nos impone.

Los cambios que debemos realizar para la libertad individual de las personas y la liberación de todas nuestras potencialidades, son estructurales. El arte y la ciencia de gobierno, más  la suma de talentos individuales y construcciones colectivas ya  existentes deberían combinarse para iniciar una nueva etapa. No se trata de nombres propios, de impugnaciones desmedidas, narcicismos exuberantes o contradicciones menores. Se trata de asumir la responsabilidad histórica del momento que nos toca vivir y encontrar los denominadores comunes con los que movilizar toda nuestra energía.

Nuestro país no extirpo la crisis, que recurrentemente aflora. La lleva en sus entrañas. Desconocemos la forma en que se va a expresar en el futuro. Lo que sí sabemos es que irrumpirá necesariamente. Y será de nuestra suerte, parafraseando a Mariano Moreno, mudar de gobernantes sin resolver la cuestión de fondo.

Ahí tenemos, frente a nosotros, las grandes cuestiones. Sin lugar a dudas la primera es la social. Pero yacen sin resolver el problema sanitario, educativo, ambiental, institucional, de seguridad; la crisis energética, el modelo agropecuario, industrial y de servicios; la insuficiente y deteriorada infraestructura, el costo del transporte; la correcta y conveniente inserción de Argentina en América Latina y el mundo, en fin.

El requisito para encarar la etapa es la Unidad Nacional. Con todas sus contradicciones, mezquindades y miserabilidades. La cuestión es superar la brecha, incluso más allá de la concepción que nosotros mismos (Socialistas  Auténticos) tenemos sobre la lucha de clases.

Confluencia  que debería tener expresión en un Gobierno de Unidad  Nacional. No para siempre. Si para cubrir la transición hacia un cambio de sistema. Nuevas estructuras que den contención y protagonismo al 100% de los argentinos. En el terreno social, cultural, ambiental y político. Con una remozada democracia participativa. Que garantice  sustentabilidad para llenar a la Argentina de vida, prosperidad, belleza y justicia. En un horizonte que contenga a las nuevas generaciones portadoras ineludibles de un país mejor. Entonces, quizás, a los eternos desencuentros podamos oponer los grandes acuerdos.

Esa es una hermosa misión histórica que nos podemos autoimponer y luchar por su realización. Sin esperar nada a cambio. Acaso la mejor retribución para quienes habitamos esta querida Nación sea ver instalados definitivamente la alegría de vivir en suelo argentino.